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Cuentos

Una camarera (expatriada a cualquier lugar del mundo)


“En este bar se hablaron nuestras almas
y se dijeron cosas deliciosas.
En este bar pasaron tantas cosas
por eso vengo siempre a este rincón.
Sírveme un trago de ron
y toma tu cerveza junto a mi corazón
eres la camarera de mi amor.”

Benny Moré, “Camarera de mi amor“.


La camarera me visitó. Habló de la última exposición de Flavio, comentó el libro de Javier Marías y me trajo inciensos de sándalo. La camarera me besó y yo penetré su culo de una manera grata.

La camarera es dúctil y sabe a pomarrosa. Está lista para el sexo, le gusta meterme su dedito en mi culo triste, buscar entre mis piernas y tragar mi pene flácido para sacarlo enorme y duro de la profundidad de su boca. La camarera habla demasiado, es su peor defecto. Tiene tetas enormes que miro y remiro, su cuerpo es largo, las venas se traslucen insinuantes, parece que puedes tocarlas. En un momento creí que al apretar una de esas líneas verde-azules vería brotar su sangre. La camarera se deja hacer, entrega su cuerpo a mis caricias y apretones, a mis mordidas y golpes, como si sonriera entregándole la cena a un verdugo que la amordaza. En esos golpes a veces descubro mi pequeña venganza contra todas las camareras, y todas las mujeres, porque cada mujer tiene un poco de camarera.

Ahora está sirviendo vino y es capaz de abrir otra botella si le parece malo. Por más que la miro, tan extrañamente bella, con esa sonrisa limpia como cuando has caído de cabeza sobre una nube de hachís, no entiendo que hace en mi cama, hablándome de su idea de la vida, de libros que no conozco y exposiciones que no me interesan. La camarera y yo jugamos a engañarnos, ni ella es camarera, ni yo soy su verdugo. Somos espejos de sombra, miradas que se cruzan en un segundo colectivo. Imágenes contrapuestas dos dimensiones arriba, figuras que fácilmente han de distanciarse para poder seguir siendo lo que eran.

La camarera y yo vivimos dos mundos que no se juntan nunca, pero ella escapa de vez en cuando, llega para rescatarme de este tedio gigantesco que es mi existencia, llena de noches televisivas, comida recalentada, lindas mujeres que se duermen en mitad de un filme de Almodóvar. La camarera sabe que no puedo quererla, lo sabe, sobre todo, porque yo nunca seré más que otra de sus misiones de samaritana puta, de ángel del purgatorio, y ella siempre será esa hermosa mujer que no me pertenece aunque yo tenga suficiente poder para retenerla, así sea asfixiándola, entre mis manos cobardes. Esa mujer es humo, una luz que se pierde entre mis brazos y me deja tartamudo, mirando la lluvia que golpea la ventana.

Ella es la camarera que sirve tragos en un bar para tuertos, en una barra azulosa donde los clientes escupen mientras hablan y le tocan las nalgas sin que pueda protestar. Mi pobre camarera en cualquier lugar olvidado del mundo, mi florecita viva en un jarrón de la mesa de aquel obtuso burdel, mi pequeña niña muerta sobre los poemas de otro, guardando propinas en un conejo de loza y comprando postales donde me escribe frases sueltas en los intermedios entre trago y trago.

Las postales viajan la mitad del mundo y van a parar a mis manos. Tengo que esconder los ojos, no quiero que mi mujer descubra mis lágrimas de hipopótamo triste, ante las suaves caricias de tinta que mi camarera manda. Entonces beso su caligrafía, huelo los contornos para intentar retener su imagen que se pierde entre agrios callejones de ciudades europeas.

La camarera y yo somos figuras divididas por una barra, un posavasos griego, una cerveza Max, un mar y un pasaje de avión que convierten a una mujer en proscrita, a una proscrita en camarera: la camarera de mi amor. Por eso vengo siempre a este rincón… ese bar de La Habana donde tomamos cerveza por primera vez hace ya algunos años. Me siento en la barra e imagino que es mi camarera quien me sirve un trago, la sonrisa, iluminándolo todo, desplazando el humo de los cigarrillos, cortándome el aliento. Pero sé que esta barra no contiene su sonrisa ni sus manos ágiles, que ahora danzarán como olas, sobre la madera inocua de algún café parisino.

Me pregunto por qué esa mujer de éter me sigue dejando insomne cuando su rostro se diluye sin que pueda retenerla. Por qué sigo pegando postales en la pared, buscando su huella en los mapas, cuando sé que es inútil; ella se ha ido, no sé dónde está, nunca tienen direcciones esas lindas postales que recibo desde Londres, Hungría, Viena, Berlín o Malta. A veces soy capaz de imaginar que nunca existió esa ilusión vestida de mujer, paseando su impúdica belleza por mi alma. La extraño, la extraño ahora, como si nunca otra mujer hubiera tocado este cuerpo que se hace viejo, hundido en un butacón, leyendo noticias pasadas, viendo bajar y subir la libra esterlina, perder al Real Madrid y crecer intolerablemente las plantas en el jardín. La envidio, porque no sufre como yo si no tengo esas líneas esbeltas que me hablan de calles añejas, de luces hoscas que se hacen remolinos y ventiscas en su cabeza, de paisajes mitológicos, cuencas doradas, pájaros que chocan contra los vidrios de las guardillas de París, murciélagos que delinean los techos de palacios transilvanos.

Ay, camarera mía, como te busco, en cada mesa oliendo a cerveza negra, en cada sonrisa eslava, en algún rizo amarillo que alguna extraña dejó en las sábanas, en cada poema nuevo, cada vaso de vino, en una mirada oriental, en una libreta de pedidos, bajo las manos de alguna mesera de un restaurante de cuarta, en los ojos de los perros que caminan de un extremo al otro del planeta, en las bocas de los sucios marineros que hablan de tierras donde las mujeres son como peras que caen de los árboles, y en la voz, en la voz cadenciosa de cualquier boca femenina que me hace voltearme sobrecogido, para encontrar en ella a un espejo vacuo, nunca a ti. Nunca a mi feliz camarera, que no necesita de mis cartas de amor, mis amenazantes abrazos y, sin embargo, me envía fragmentos de vida en cada una de esas postales.

Salgo a tomar un poco de aire, el que entra por la ventana ya no me alcanza. Mi mujer me trae un té, me da un beso en la mejilla y dice: buenas noches. Sé que va a dormir como si el mundo cupiera dentro de su sueño. Yo me quedaré aquí, pensando en esas musas perdidas entre largas madrugadas, esas mujeres inverosímiles para la imaginación. Mujeres como mi camarera, escrita para mí en alguna hoja de un libro que no he alcanzado a leer todavía.

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Acerca de Lien C. Lau

Nací el 22 de agosto de 1980, en el barrio de Luyanó, en La Habana, Cuba. Y ese es sólo el principio de la historia de una serie de mudanzas, Santa Clara, Trinidad, La Habana otra vez y ahora Madrid. Esta última mudanza me ha des-colocado a otra dimensión, he viajado de la ficción a la realidad, he revivido del coma profundo y ahora intento comprender por qué soy la hija renegada de papá comunismo, la muñequita defectuosa de la fábrica de mutantes, ahora trato de vivir disfrutando de todo lo que se me negó. El resto, eso que ponen los curriculums puedes leerlo en mi página web: http://www.liencarrazana.com/

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