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Cuentos

Autostop


Madonna fotografiada por Steven Meise para 'Sex Book', 1991. (Detalle, tomado de pussylequeer.tumblr.com)

Madonna fotografiada por Steven Meise para ‘Sex Book’, 1991. (Detalle, tomado de pussylequeer.tumblr.com)

 

Él enciende el motor y arranca. Dobla a la derecha y toma la avenida para divisar unas piernas larguísimas que concluyen en botines negros. Avanza lento para coincidir con la luz roja y detenerse frente a la dueña de las piernas, para que ella con aire inocente le pregunte: ¿Sigues recto? y él diga: , mirando a través de las gafas oscuras ese cuerpo de mujer que piernas arriba se vuelve amplias caderas dentro de una faldita escasamente negra. Ella en dos saltos cruza frente al automóvil y abre la puerta para depositar su cuerpo, que trae de regalo dos enormes tetas apretadas por un escote violento.

Buenas tardes y muchas gracias, dice una boca de anchos labios maquillados, buenas tardes, contesta él y mira el rostro ovalado, el pelo lacio y negro cayendo en los hombros. El auto retoma la marcha. Ambos están en silencio, resguardados por la música en inglés que sale del reproductor. Él sube el volumen y se quita las gafas para mirarla mejor. Escrutar esos senos redondos y blancos de pornostar, esas piernas semiabiertas que insinúan la exquisita cavidad oculta en un minúsculo pedazo de tela, ahora encogido por la postura de ella en el asiento.

Él no puede evitar usar la palanca de cambios y rozar deliberadamente esa piel que al tacto es deliciosa. Ella suspira y lo mira de reojo. Siempre le han parecido sexy los hombres que conducen con virilidad, apretando el timón con ambas manos en maniobras que parecen complicadas, gestos iguales a los de él ahora, oprimiendo la palanca de cambios con esa mano grande donde trae un anillo de casado. Pero eso no la detiene en su inspección silente y la vista llega hasta la portañuela. El jeans ajustado le marca el bulto y delinea unos muslos bien formados que le resultan muy atractivos.

Ella retira la mirada y cruza las piernas. La falda deja nuevos centímetros de piel al descubierto. Él vuelve a observarla disimuladamente. Ella posa las manos sobre los muslos y se acaricia levemente la piel desnuda. A él le empieza a crecer el sexo bajo la tela, ese animal con vida propia que quiere ser domesticado por las manos delicadas de ella, que está excitada al ver como él ha reaccionado tan sólo de mirarla; y esa excitación es ya un hecho que la hace descruzar las piernas y buscar bajo la falda. En tres segundos extrae su diminuto tanga negro y lo deja caer sobre el bulto de él, como si quisiera ocultar una excitación con otra. O mostrarlas.

Él necesita meter la mano ahí, tocar, oler, saborear, pero se queda atento al volante. Ella vuelve a buscar bajo la falda, esta vez en movimientos rítmicos, espirales, la tela va subiendo, crispándose a la altura de los muslos, deja ver el sexo blanco y depilado, como el de una adolescente, un territorio de carne deseable. A él le va estallar la pinga bajo la portañuela, un olor marino comienza a inundar el auto. El atardecer va dando paso a las luces que se encienden como fósforos en la avenida. Ella gime entregada a sus propias caricias, entrecierra los ojos, se introduce el dedo por instantes, vuelve a sacarlo; sigue gimiendo y girando sobre el clítoris.

Él no sabe si transgredir el terreno de esas caricias que parecen obviarlo. Pero ella se detiene y se pasa levemente el dedo índice por los labios, luego repite la operación en los labios de él que casi desea tragarle la mano, chupándole el dedo para contener el sabor profundo de la vagina. Su mano masculina se desliza entonces hacia aquella grieta abierta al centro de ella. Tantea el sexo mojado que le atrapa la mano como una ventosa, al unísono que ella, compasiva, desabrocha el pantalón y libera la verga oprimida. La masajea, la aprieta, pero necesita inclinarse y probar con los labios el miembro macizo que se deja tragar a medias y pide impactarse contra el orificio submarino.

La trayectoria no importa ya. Ni tampoco las luces encendidas del todo al borde del malecón. El automóvil se desvía rumbo a la costa. Parece que nadie lo maneja. Se detiene en un tramo desolado donde a unos metros bate el mar contra el arrecife. Los sexos liberados se esconden uno dentro del otro, con furia a ratos, con armonía, con suavidad, con lujuria, con ternura, con desenfreno. Se entregan a todas las caricias y las reinventan. Hasta que la noche es un hoyo oscuro lleno de semen y orgasmos.

El auto retoma el recorrido. Dentro, ellos no hablan, absortos cada uno en las luces de la noche. Finalmente ella se baja en la avenida. Gracias, que tengas buenas noches, dice.Gracias, responde él y arranca. Dobla en la próxima calle y se detiene a tomar una cerveza para hacer tiempo. Al menos el tiempo suficiente para que ella pueda llegar a casa, quitarse el maquillaje, la ropa, y esperarlo como siempre, preparando la cena, como los típicos esposos que no se han visto en todo el día.

 

Uno de los cuentos del libro, publicado en diariodecuba.com.

Acerca de Lien C. Lau

Nací el 22 de agosto de 1980, en el barrio de Luyanó, en La Habana, Cuba. Y ese es sólo el principio de la historia de una serie de mudanzas, Santa Clara, Trinidad, La Habana otra vez y ahora Madrid. Esta última mudanza me ha des-colocado a otra dimensión, he viajado de la ficción a la realidad, he revivido del coma profundo y ahora intento comprender por qué soy la hija renegada de papá comunismo, la muñequita defectuosa de la fábrica de mutantes, ahora trato de vivir disfrutando de todo lo que se me negó. El resto, eso que ponen los curriculums puedes leerlo en mi página web: http://www.liencarrazana.com/

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